Amores Ajenos I.

María caminaba sobre la calle de la mano de él, una de esas donde a la orilla de los autos hay mesas ocupadas por parejas de años, meses o venideras.

Ella la mujer de su vida, él, el hombre en turno. No existía en el mundo nada más desolador que imaginar cómo toda una historia pudo haber sido mejor.

Teniendo las propias, María se alimentaba de otras historias de amor; más emocionantes, más apasionadas, siempre mejor.

Él la miraba como si la palabra mujer se resumiera a quien caminaba a su lado, mientras María recordaba algo que hasta el momento, no había experimentado.

Un amor de otras vidas, que hasta esta vida vino a terminar de tomar forma.

Ella comenzó a contar.

Terminó de sentarse en la silla frente a su escritorio, supo en ese instante que ya lo conocía, no necesitaron palabras porque el espacio, el tiempo y el silencio estaban llenos de ellos.

Fue uno de esos comienzos, cuando no medimos cuánto pesará el presente en el futuro, donde todo parece inofensivo.

Estaban acostados en la cama; ella miraba el infinito en los ojos de él, no necesitaba nada más. 

– Quisiera que la vida sólo fuera esto.

Se encontraron nuevamente pero por primera vez en esta vida.

Unas ganas de pertenecerse escondidas detrás de promesas sin decir, por miedo a perder el control; el control de quien hasta ese momento los dos habían construido, el control de no sentir venir el derrumbe de amores pasados, construidos sobre las ruinas de los anteriores y volver a construir algo que se sentía tan real, sobre cenizas que por más que corra el viento, parecieran jamás levantar el vuelo.

Ella la de la mirada fija, él que cree tenerla perdida; sin importar la hora del encuentro, siempre con la iluminación perfecta, todo estaba bien cuando subían las escaleras que los llevaba al cielo en donde siempre se encontraban.

No mucho necesitaban para admirar porque lo que se sentía como prohibido era el paisaje de aquellos atardeceres a las diez de la mañana. Él queriendo vivir de la magia y ella llevándola a donde quiera que vaya. Sin imaginar que algo en cualquier otro hombre o mujer se quedó muchas veces en pasar el rato, para ellos era el reencuentro de un amor viejo nacido en otro tiempo.

Así pasaron los meses, un ir y venir de caricias interminables, de amores de una sola noche, de los que te desnudan en la oscuridad, entregaba todo menos quien ella era. Eso siempre lo guardó para él.

Ella se volvía la mujer de la sonrisa infinita, sólo con imaginar su llegada y lo que precedería bajo cualquier luna. Él siempre procurando no dejar escapar el suspiro que delataría cualquier atisbo de amor.

Mientras él viajaba, buscando algo que ya había encontrado, huyendo de lo que ya sentía y mintiendo a lo que sabía que existía.

Él volvió, ella sin querer lo esperó, pero con las promesas viejas aún presentes, llenas del miedo de entregar lo que a él tanto le había costado recuperar y lo que ella sabía que con ese amor lograría tener de vuelta. Fue una noche en la que pudo haber sido cualquier otra, donde los amantes se encuentran, ellos esta vez no.

Ser amigos fue la primer promesa rota antes de ser acordada, donde hace más de ocho siglos prometieron siempre ser más, demasiado, para la única vida que existía en esa vida.

Su corazón deseaba haberlo conocido tiempo atrás para compartir la cotidianidad, llena de lo que se trata vivir, que sólo es amar. Llenos de palabras dichas, y otras tantas guardadas, mirándose el alma. De no haber sido por esa promesa rota tiempo atrás y fingida sólo por esa noche, él no terminaría de controlar el derrumbe, ni ella de soplar las cenizas.

Pasaron algunas otras noches sin sabor, esperando sin saber, con el corazón en la mano, que él volviera.

En la última visita de aquel nómada del corazón que había ya decidido quedarse, si el la amaba, no habría lugar para la duda; se eligieron por primera vez con otros cuerpos, otra vez con la misma alma.

Él aún de viaje, su corazón con la mujer a quien siempre ha pertenecido, el de ella desde siempre con él.

Porque entonces ya no importaron las ruinas ni las cenizas; porque lo que ardió desde siempre, lo construido siglos atrás, para siempre firme será.

— Tardé en encontrarte más, en otras vidas.

Ilustración de @luladiezruiz

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